Háganse Imitadores de Nosotros y del Señor (1Thes. 1:4)
El Evangelio de hoy es ideal para ayudarnos a ser más generosos con los dones que Dios nos a proporcionado. Estamos pidiendo que cada parroquiano reflexione y decide y haga un compromiso para contribuir a la parroquia con su oración, con su servicio, y su donación. Al orar, servir y dar, estamos cumpliendo el primer mandamiento: «amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y amar a tu prójimo como a ti mismo» (Cf. Mateo 22, 34-40). Lo que llevamos en el corazón debe traducirse en acciones concretas realizadas con nuestras manos para servir a los demás y a la Iglesia. Debemos unir nuestras manos en oración, extender nuestras manos para servir, y usar nuestras manos también para dar limosna. Jesús utilizó sus manos para todo esto. Dios se hizo hombre para tener las dos manos que utilizaba para bendecir a los niños, para sanar a los enfermos, para dar pan a la multitud hambrienta y para cargar con su cruz. Además, Jesús abrió sus manos para recibir los clavos y convertirse en nuestro sacrificio salvador. Jesus daba sacrificialmente.
Esta semana, estamos pedimos a todos los parroquianos que asuman el compromiso y tomen la decisión de realizar, de manera intencional, una ofrenda más generosa y sacrificial en la colecta dominical durante el próximo año. Jesús nos dio el ejemplo perfecto de lo que significa dar con sacrificio: Él dio hasta que le dolió; se entregó por completo. Además, pidió a sus discípulos que siguieran su ejemplo. Él se fijó en la viuda pobre —y la elogió— cuando ella depositó sus dos últimas monedas en el tesoro del Templo (Marcos 12, 41-44). No podemos esperar la bendición de Dios si nunca unimos nuestras manos en oración, si nunca tendemos la mano para ayudar a los pobres y nunca damos a la colecta dominical sino lo los que sobra del dinerito que tenemos por casualidad en la bolsa.
La Iglesia de la Presentación de la Santísima Virgen María tiene fama de ser una parroquia a la que le gusta orar con mucha devoción, y servir con mucho entusiasmo y donar con mucha generosidad. Podemos sentir orgullo porque ahora son 75 años que nos hemos dedicado en esta parroquia a la oración, al servicio y al apoyar a la iglesia con generosidad. El Señor se sentirá orgulloso de ti y te bendecirá si nos ayudas a continuar esta bonita historia parroquial. Yo he servido aquí como párroco durante más de ocho años, ¡y yo me sentiré muy orgulloso agradecido si tú nos ayudas a completar un siglo entero servicio y entrega sacrificial!
San Pablo se sentía muy orgulloso de la iglesia que estaba en la ciudad de Tesalónica en Macedonia (Grecia). En su carta a los tesalonicenses (que es la más antigua de las cartas de San Pablo en el Nuevo Testamento), el apóstol los felicita con mucho cariño por su buena reputación. Escribe que los Tesalonicenses se han hecho famosos por imitar el ejemplo de amor sacrificial de Jesús, y por imitar también el ejemplo de él y de los demás apóstoles mostrado cuando ellos los había visitado y servido con mucha entrega y sacrificio. San Pablo estaba orgulloso de esta iglesia en Macedonia por su generosidad y su capacidad de sacrificarse. ¡Del mismo modo, yo me siento orgulloso de mi parroquia en Stockton por su oración, su servicio y su entrega sacrificial! Mi afecto por ustedes se ve reflexionado en las bonitas palabras que Pablo emplea al comienzo de su primera carta a los tesalonicenses:
“En todo momento damos gracias a Dios por ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar las obras que manifiestan la fe de ustedes, los trabajos fatigosos que ha emprendido su amor… Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes para su bien. Ustedes, por su parte, se hicieron imitadores nuestros y del Señor, pues en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya, porque de ustedes partió y se ha difundido la palabra del Señor; y su fe en Dios ha llegado a ser conocida, no sólo en Macedonia y Acaya, sino en todas partes…” (Tesalonicenses 1: 2-8)